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Tenía un profesor en la academia que cuando hablaba por primera vez de D. W. Griffith a sus alumnos se arrodillaba y así impartía la primera media hora de clase. Era la manera de mostrar e inculcar respeto hacia un maestro, decía. Esa excentricidad, dado el caso, la tendría para con F. W. Murnau, pero si me tocase mostrar públicamente mi admiración y el más profundo respeto ante un maestro lo haría frente al iraní Abbas Kiarostami (Irán, 1940). Poco puedo decir yo que no se sepa o se haya dicho de este enorme Director de Cine, salvo hablar desde mi experiencia personal y de cómo una pieza de arte, Five (2003), influyó decididamente y para siempre en mi idea sobre el Cine.

Kiarostami entiende la vida, como todos nosotros, sólo que su manera de recrearla e incluso de reinventarla (como en Five) es proverbial. Y en eso, aparte de dedicarle esta obra, su homenaje lo emparenta con otro gran maestro del Cine, el japonés Yasujiro Ozu. Como Ozu Kiarostami trabaja y esculpe sobre la materia esencial del cine: el tiempo, y esta pequeña obra maestra llamada Five es quizá una de sus más condensas y avanzadas de toda su filmografía.

Tuve la oportunidad de descubrirla en el ciclo de “Correspondecias Erice – Kiarostami” que organizó el CCCB en Barcelona en el 2006… ahí, en una pequeña habitación negra había una pantalla donde se exhibía en bucle Five. No había nadie en la tarde en que me senté frente a esa pantalla, quizá ni siquiera yo. Era sólo la obra y su silencio los que habitaban esa cámara oscura. Desde ella surgía una dimensión desconocida para mi, una dimensión a la que yo no podía entrar por el simple hecho de pertenecer a otra dimensionalidad. Las imágenes no podían ser más simples, escuetas e incluso baladíes, pero la interrelación de estas, no con otras imágenes precedentes o subsiguientes, sino con el tiempo de desarrollo de las mismas, era sino magia por lo menos ¡alquimia pura!

La aparente “nada” era la masa con la que se conformaba el relato. La fisicidad de lo inasible era el argumento formal y psíquico de cada uno de los 5 cortometrajes que conforman esta pieza de culto. Pero, por sobretodo lo demás, Kiarostami estaba pretendiendo ser dios. Quería mostrarnos que el Arte puede, aun cuando de manera ilusoria o perceptual, dominar al azar. Five juega a levantarle la falda a lo fortuito y atisbar sus secretos. Plantea, desde la más ingeniosa construcción formal, que el ordenamiento coreográfico de lo azaroso es susceptible de ser descifrado y (con mayor soberbia) dirigido por el artista o, como en este caso, por su cámara. Y aún más, esa dirección puede ser edificada sobre la más clásica de las estructuras dramatúrgicas; como ejemplo valga esa maravillosa alegoría del arco del héroe que se debate entre el amor y la muerte representada en un insignificante trocito de madera a la orilla del mar (corto 1).

Investigar más sobre los métodos que utiliza el maestro para conseguir conjurar a la vida, es cuando menos irrelevante. Lo maravilloso, creo yo, es la convicción fehaciente de que lo efímero, lo etéreo y lo azaroso de nuestro universo puede ser encausado, y que el arte pretende la custodia de dicho poder. Five nos propone dejarnos seducir por esta nueva dimensión del tiempo continuo y su danza dramática, devolviéndole al cine el lugar donde nació y donde cobra sentido; la ilusión y el ilusionismo.

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