Copyright Giorgio Constantine“Necesitamos formas artísticas nuevas. Si no es mejor no tener nada.” dice una pareja que discute en un bus. Las palabras de los amantes recaen sobre la imagen de tres ciclistas que, enfundados en sus memorables impermeables amarillos, atraviesan la oscura noche griega. Ese bus es el vehículo del tiempo, en su escenario móvil se representa la breve historia de Occidente y sus pasajeros son los episódicos transeúntes de su tiempo. En ese bus viaja la revolución, el arte, la soledad, el desencanto, la esperanza y la poesía. El conductor es Theo Angelopoulos, el año 1998 y la ruta se llama “La eternidad y un día”, la obra emblemática del director griego que, con su pausado rigor cinematográfico, aún hoy consigue transportarnos a los confines del alma humana y su más perfecta representación: la magia.

Nos subimos a ese bus de la mano de las dos edades del hombre: El Adulto, un ser perdido en el ensimismamiento de su existencialismo, representado en un poeta (espectacular Bruno Ganz) al que le restan pocos días de vida. Y El Niño, a quien la vida a forzado a crecer y volverse un exiliado de su propia infancia, representado en un pequeño inmigrante albanés (maravilloso Achilleas Skevis) que en la última estación de su niñez conoce al extraviado poeta y, con la sabiduría propia de la inocencia, le provee la esperanza que necesita para arribar a su muerte. El poeta busca errático la eternidad, el niño sobrevive un día a la vez, Angelopoulos los ecuaciona y el resultado es una obra magistral sobre la entrega, la existencia y el desapego.

Pero “La eternidad y un día” no es la historia que cuenta, es la FORMA en que ésta se cuenta. La caligrafía de Angelopoulos recuerda la de un Escriba medieval, su pluma cinematográfica llena de serifas es refinadísima y de excelsa musicalidad: los movimientos de cámara son impecables y gramaticalmente incontestables. La puesta en escena, aparentemente austera, es de una complejidad algebraica, pero su coreografía emocional está a disposición de la poesía más no de la prosa. La arquitectura del espacio es matrioshkal; los personajes contienen vacíos que se expresan en escenarios que contienen pasajeros los cuales a su vez contienen historias de desolación y desarraigo. La música (a cargo de la excepcional compositora Eleni Karaindrou, habitual de Angelopoulos) es física, táctil, consigue la transmutación del tercer protagonista, es el personaje invisible que acompaña al niño y al poeta en su viaje por la eternidad y un día. La construcción de los personajes es shakespereana, sus sentencias disfrazadas de coloquialidad están cargadas de filosofía poética —¡Dime!…“¿Cuánto dura el mañana?”— pregunta el poeta que muere al poeta que viaja en bus.
La obra de Angelopoulos es un devenir de azares y colisiones amalgamados con una delicadeza y elegancia que pocas veces se consigue ver en la pantalla grande, un disfrute para los sentidos y un afilado dedo en el ojo para la sobredimensionada idea de nosotros mismos.

De esta maravilla del cine les propongo disfrutar de una portentosa secuencia.

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