1601575_1413587118886834_1541838825_nEn el 2008 tuve la oportunidad de asistir a la retrospectiva de la obra de Hiroshi Sugimoto (Japón, 1948) que organizaba la Neue Nationalgalerie en Berlín. La exposición contenía lo más representativo de su obra, desde Dioramas (Museo de Historia Natural de N.Y., 1976-1996) hasta su último trabajo por aquellos años Lighting Fields (2008). Tres trabajos de Sugimoto me llamaron especialmente la atención, los tres muy disímiles entre sí, pero con un común denominador: la relación entre luz y tiempo, y cómo la interacción de estos dos factores determina nuestra percepción de lo real.

El primero de esos trabajos es “Portraits”, una serie de retratos fotográficos que Sugimoto realizó en 1999 basado en el retrato que el pintor Hans Holbein hizo de Enrique VIII en el siglo XVI. Sugimoto, fascinado por el estudio de la luz en la pintura hiperrealista de Holbein, decidió utilizar la fotografía para re-crear la imagen contemporánea de Enrique VIII. Para ello fotografió la hiperrealista figura de cera que existe del monarca en el museo de cera Madame de Tussaud en Londres. Sugimoto se planteaba que lo real puede ser, también, una deformación de lo óptico. Para el artista el “aquí y ahora” es una metáfora de la ecuación luz+tiempo. La figura de cera pretende la inmortalidad del modelo pero, sólo en la medida que la luz la afecta de determinada manera, esa supuesta inmortalidad le es conferida al sujeto. Esto lo entendió de Holbein y, para comprobarlo, utilizó la cámara fotográfica como vehículo de impresión de esa atemporalidad, consiguiendo en un sólo ejercicio la confluencia de dos artes, el pictórico y el fotográfico, que persiguen el mismo ideal: la aprehensión de lo eterno en lo efímero. El resultado llevó a Sugimoto a experimentar con más figuras de cera y de este modo Portraits “trajo a la vida” personajes como Lady Di, Yasser Arafat, Juan Pablo II, Fidel Castro y muchos otros.

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El segundo trabajo, fascinante en su concepto como en su ejecución, es “Theaters”, una serie de fotografías que Sugimoto hizo en los viejos teatros donde se exhibían películas tanto al aire libre como en lujosas y vetustas salas. Utilizando placas de 4×5 de bajísima sensibilidad Sugimoto mantenía abierta la exposición de la placa el mismo tiempo que duraba la proyección del film en la pantalla del teatro. El resultado hacía que la pantalla se transformara en una ventana de luz que iluminaba la platea, las sillas y el espacio vacío, pues los espectadores, o cualquier elemento en movimiento, desparecían en exposiciones de tan larga duración. Si en “Portraits” pretendía la atemporalidad en el estatismo, en “Theaters” buscaba la inmaterialidad en lo cinético. Todo aquello que cambia y evoluciona no se registra, es sólo una ventana en el tiempo (¿iluminando el vacío?), la luz sólo registra aquello que permanece, sea en una fracción de segundo o en toda la historia, y esto atañe tanto a esos espectadores que, al moverse, han desaparecido, como a esas antiguas salas que, al no evolucionar, están destinadas a desaparecer.

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El tercer, e igualmente asombroso trabajo, es “Seascapes” (1980). En él, Sugimoto hace alarde del minimalismo que caracteriza gran parte de su obra para mostrarnos la capacidad que tiene la imagen fotográfica de sugestionar y engañar nuestros sentidos. Colocando la cámara un poco por encima del nivel de visión que tendría una persona desde la orilla del mar, y jugando con exposiciones ligeramente lentas, el fotógrafo japonés logra producir la sensación de vértigo frente a algo estático. Resulta difícil entender este concepto si no se está de pie frente a una de esas fotografías de gran formato. Cuando se tiene esa oportunidad uno experimenta la sensación de caer dentro de la foto, de que nuestro centro de gravedad se inclina hacia ese horizonte marino perfectamente equilibrado. En “Seascapes” Sugimoto extrapola lo efímero y lo atemporal fuera del marco fotográfico para inmiscuir al espectador en la ilusión. Sabemos que ese mar está inmóvil, o mejor dicho nuestra razón lo sabe, más nuestros sentidos prefieren dejarse seducir por el engaño y nos sobreviene la placidez de lo infinito. La luz brumosa de esos mares nos embriaga y nos desplaza de nuestro centro al centro de gravedad de la imagen. El espacio entre el mar y el entorno que nos circunda se vuelve uno y entonces participamos del tiempo de la fotografía; ese tiempo no se mueve, somos nosotros quienes lo hacemos al contemplarlo.

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