Hace unos meses tomaba una cerveza con una fotógrafa en un bar de mala muerte en Barcelona. Hablábamos del Mal, más precisamente de los seres que habitan en ese lado oscuro y oculto al que llamamos maldad. Mi amiga conoce a estos seres y me afirmaba, no sin cierto malestar, que ellos la reconocen a ella. Recuerdo que dijo algo como: —…aún los veo, muy de vez en cuando reconozco sus miradas y ellos saben que puedo verlos, pero ya no me pueden arrastrar hacia su lado porque yo, ya no los busco.—. Cuando hablaba parecía mirar hacia el pasado, como quien intenta definir masas amorfas en una fotografía borrosa y desenfocada. Ella, aparte de ser una fotógrafa excepcional, conoce a un fotógrafo que vive en ese otro lado, posiblemente uno de los seres más perturbados y controvertidos a quien el arte contemporáneo subvenciona para que deambule errático por el delgadísimo filo que divide lo estético de lo ético. Esta especie de Hermes del Hades es el fotógrafo francés Antoine D´Agata (Francia 1961).
Si el Centro Pompidou de París no hubiese comprado de por vida su obra fotográfica, si no fuese miembro activo de la Agencia Magnum y —al César lo que es del César— si no fuese porque es un maestro incuestionable del arte fotográfico, Antoine D´Agata hace muchos años que hubiese aparecido muerto en una cloaca del sudeste asiático, encharcado en su propia sangre y con una jeringa clavada en su brazo. Pero D´Agata —recordemos— es un mensajero, y su trabajo consiste en ir y venir del infierno, acercándonos en cada viaje a la seductora belleza de lo sórdido y lo macabro, casi siempre a costa de su propia vida.
Mirar la obra de D´Agata es mirar hacia donde nos han enseñado que no se debe ver: nuestra propia miseria existencial. Sólo el desdoblamiento voluntario del artista consigue tender ese puente entre el infierno atroz del mundo que pretendemos ignorar y la irreprensible tentación de atisbar —por la cerradura de una cámara— hacia lo prohibido. Tentación que convierte en cómplices tanto al que fabrica la imagen como al que la consume.
Sade, Poe, Rimabau, Burroughs o Bukowsky han sido algunos de esos maestros que se inmolaron para ver nacer la poesía que florece en el fango del alma humana, pero sus imágenes eran literarias no fotográficas, y es ahí, cuando el imaginario de un artista consiste en el registro directo de su propia perversión, donde la moral se encarama sobre la obra de arte e intenta, sino reducirla, cuando menos reprocharla y juzgarla. ¿Qué Hábeas Corpus esteticista exenta las fotografías de D´Agata del juicio moral que juzga las fotos de un pedófilo, un proxeneta o un sádico? Seguramente el mismo Hábeas Corpus que ha otorgado al Arte una necesaria impunidad para retratar al hombre sin juzgar su esencia. D´Agata es consciente de este dimorfismo ético y lo usa a su favor para socavar la bilis de la vida y en ese mismo jugo cocer su alma, dejando a su paso por el purgatorio un puñado de obras maestras que son a su vez testamento estético y tratado filosófico.

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